Vacíos

Nos hemos ahorrado la lluvia de imágenes de estadios vacíos. La tardanza en la reacción, también de los organismos futbolísticos, nos permitió ver la foto desolada de algunos de ellos, algo que, afortunadamente, nunca llegó a convertirse en rutina. Pero la ausencia de competiciones deportivas nos deja como se quedan los balones almacenados en cualquier trastero de los grandes estadios europeos esperando a debutar: vacíos.

Porque, hasta ahora, habíamos demostrado que éramos capaces de vivir sin la competición del equipo al que amamos por unos meses. Lo ocupábamos con los torneos de selecciones, con otros deportes o con grandes eventos como los Juegos Olímpicos. Incluso éramos capaces de superar la falta de estas competiciones a través del mercado de fichajes veraniego y las pachangas amistosas de agosto.

Gradas vacías en Ipurúa en el partido de La Liga Éibar - Real Sociedad
Ipurúa vacío en el partido de La Liga Éibar – Real Sociedad (Fuente: rtve.es)

Pero el vacío que trae consigo la cuarentena es mucho más serio. Es más profundo y va a ser alargado en el tiempo. Somos muchas las generaciones que no hemos conocido la vida sin el deporte. No sólo no podemos acudir a un estadio, es que ni siquiera podemos animar a través de la pantalla. Pero lo más duro, seguramente, es la suspensión de cualquier actividad colectiva de recreo, lo que elimina poder jugar al fútbol con los tuyos. Yo hace años que no juego y, cómo no, qué ganas me han entrado de buscar mis botas, el balón grisáceo y desgastado, y hacer un par de llamadas. Pero tengo claro que no. Que no toca. Hoy no.

Si, como yo, sientes que te falta algo, un abrazo o un choque de manos, recuerda este momento. Recuerda que fuimos capaces de renunciar al alimento del alma que supone la mera compañía, el contacto y la caricia. Recuerda cuánto necesitamos de eso en estos momentos y cuánto necesitamos activar y desatar nuestra pasión cada tres días, o cada siete, o cada quince, si es que solo te desgañitas en tu estadio, recuérdalo para que, cuando los templos del fútbol vuelvan a rugir, alcancen decibelios jamás escuchados.

Una parte de la sociedad ha entendido perfectamente los sacrificios que hemos de realizar en favor del bien común. Ha entendido que da igual cual sea la orientación política o la afiliación deportiva. Que no es momento de hablar de los demás, si no es para agradecer o alabar, ni de recordarles malas gestiones sin ofrecer buenas ideas. No es el momento de profundizar en las diferencias. Son estas situaciones las que hacen pueblo, las que cohesionan sociedades y eliminan las siderales distancias que nos separan del resto en épocas de cotidianidad.

Y también son momentos en los que asoman pequeños líderes naturales que lo mismo idean un apoyo público al sector médico a través del aplauso o que entretienen a una comunidad de vecinos a través de entrenamientos deportivos subidos en el tejado de uno de los edificios comunes de la urbanización. Cualquier gesto tiene mucho más valor cuando llega en el momento que más se necesita.

Por eso, igualmente, no puedo más que despreciar al que se queda en la mera crítica en la distancia, sin arrimar el hombro. Ese tipo de sociedad también me deja muy vacío. Ese otro tipo de individuo que sale a hacer running a las calles porque no se tocan con nadie, pero que no son capaces de pensar en los miles de personas que se han quedado con las ganas de hacer lo mismo. Esas personas que dejan los supermercados como aquellos balones de fútbol de los que hablamos al principio. Esos empresarios que obligan a sus trabajadores a trabajar sin las medidas de aislamiento e higiene necesarias sin darse cuenta de que, si no cierra hoy, tendrá que hacerlo mañana.

Esta crisis que nos va diezmando la moral debe funcionar, en cambio, como acicate, como aprendizaje, como un paso atrás para coger impulso hacia la generosidad, hacia el sentido común, hacia el comportamiento solidario, la creatividad y la paciencia. Debe servir para incidir en lo positivo que tenemos, que tienen los que nos rodean, aquellos que realizan sacrificios por los demás, ya sea el cierre temporal de su negocio hostelero, el ofrecimiento de transporte u cualquier otro servicio de forma altruista o aquellos que toman las riendas en cualquier faceta de la vida con determinación y firmeza, sustituyendo a aquellos que necesitan un descanso en la batalla. Esta crisis debe servir para lanzar un agradecimiento inconmensurable a los servicios sanitarios cuyo trabajo no puede quedar relegado al olvido cuando hayamos superado todo esto.

Volverán a llenarse las gradas de los clubes clásicos como el Borussia Dortmund
Gradas llenas en el Westfalenstadion (Fuente: elbocon.pe)

¿Os imaginabais tan fuertes como para resistir tantos días sin fútbol? ¿Pensabais que ibais a soportar la falta de noticias de actualidad del deporte rey? No nos queda más remedio que aprovechar el tiempo que antes le dedicábamos a esto. Somos lo suficientemente inteligentes para hacerlo, y para hacerlo bien. Sabemos dar ese paso atrás porque nuestra inteligencia adaptativa se ha hecho con el poder. E igual que nos adaptaremos a este mundo sin fútbol, volveremos.

Volveremos a disfrutar, como hace tiempo que no hacíamos, cuando veamos la luz al final del vomitorio, el foco led deslumbrando tu mirada, tu asiento estrecho e incómodo, pero cerca del césped y a los protagonistas saltar al tapiz de juego. Volveremos a sufrir un mal partido de los tuyos o una derrota, una mala decisión de tu entrenador o como tu equipo no pudo con el rival. Volveremos para que el vacío, ese vacío de hoy, se quede en nuestras gargantas tras animar en la victoria.

Sabemos que nada volverá a ser como antes, que el fútbol no es tan importante y que los estadios podrán volver a quedarse vacíos. Sin saber cuándo, ni cómo. Es nuestra responsabilidad saber quedarnos en casa, por esta vez, para que no falte nadie cuando llegue el momento de volver a verlos hasta la bandera.