Un gol en La Habana

El calor asfixiante hacía presagiar que iba a ser un partido más duro de lo habitual en la isla. El banquillo estaba roto y las botas le destrozaban los pies. Aunque no podía quejarse. Había costado mucho convencer a su hermano para que se las dejara. Era comprensible, suponían el último recuerdo de sus tiempos de jugador del FC Villa Clara. Ganaron cuatro campeonatos seguidos entre 1980 y 1983. Era el orgullo de la familia García. Ahora, Roberto García esperaba su momento en La Habana. Aunque a la sombra de su hermano. No había pasado de fútbol amateur, pero aquella prueba podía significar empezar en el fútbol profesional.

Díaz Fernández, mítico centrocampista del Deportivo Mordazo, era otro de los motivos para estar en la Habana con aquel infierno solar. Roberto quería estar bajo su dirección en su llegada a la primera línea del deporte que más amaba en el mundo, desde que su abuelo le contaba cómo la calidad de Mario López, Alejandro Morera Soto, Roberto Meléndez y el argentino Amadeo Colángelo, lograban cada vez más seguidores para el Deportivo Centro Gallego.

No aguantaba más sentado y comenzó a calentar antes de que lo llamaran para realizar las pruebas físicas. Se jugaba demasiado como para dejarlo todo a una simple confianza en sus virtudes futbolísticas. Tenía que entrenar duro. Había apostado todo al fútbol como medio para ver el mundo de dentro y fuera de su amada Cuba. En cualquier momento pronunciarían su nombre y debía estar preparado. Cuando quiso darse cuenta, Díaz Fernández ya estaba nombrando a las jóvenes promesas del fútbol cubano que pasaban a la siguiente ronda. Lo había logrado. Ahora tocaba el partido.

Los pies le iban a matar. No era el momento de quejas. Como buen cubano, apretó los dientes y siguió andando hacia el centro del campo donde se estaban formando los equipos. El corazón se le iba a salir del pecho. Y sonó el silbato y comenzó a jugar de la única manera que sabía: correr y correr. Comenzó errando algunos pases, así que decidió dejar de mirar hacia donde el equipo técnico no dejaba de tomar notas. Fue en ese momento cuando decidió centrarse en el juego. Ahí pudo mostrar lo que llevaban sus botas: Regates, visión de juego y un par de tiros desde fuera del área que pusieron en un serio aprieto al guardameta.

Unas botas viejas (fuente: abc.es)

Y tocaba lo más duro, la espera. Ya no dependía de él. Tocaba estar en la tasca al lado del campo e internar disfrutar de unas cervezas frías. El sol comenzaba su retirada diaria y al fin observó apelotonarse un corro de chavales frente a las puertas del polideportivo, había llegado la hora. Se le hizo eterno los pasos antes de estar junto enfrente de la lista. Y ahí estaba su nombre, Roberto García. Se abrazó a un perfecto desconocido antes de volver a casa. Debía prepararlo todo antes de su marcha y quedada un largo camino por recorrer. Antes de nada, se quitó las viejas botas y decidió que no pasaría nada por dar a sus pies un merecido descanso.