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Tiempo de reconstrucción

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14 de agosto de 1997, el FC Barcelona envía un fax a la sede de la Liga anunciando que paga los 4.000 millones de pesetas de la cláusula del mejor jugador del campeonato. Rivaldo, un brasileño llegado a La Coruña procedente del Palmeiras abandona el club en una maniobra que pasará a la historia como «marcarse un Rivaldazo», es decir abandonar tu equipo en el último día de mercado. 24 millones de euros a los que si sumamos inflación tanto real como futbolística podrían ser perfectamente 80 millones de los actuales.

Eran otros tiempos. Tiempos en los que el poderío se reflejaba en los ceros de los talonarios que fluían por los despachos del fútbol español. No sólo el Barcelona, en la temporada siguiente el Betis se hacía con los servicios de otro brasileño, Denílson subiendo la apuesta a los 5.300 millones de pesetas.

En un paradoja como pocas, esta situación de descontrol vino potenciada por la conversión de los clubes en Sociedades Anónimas Deportivas. Una ley que se promulgó en 1990 para precisamente acabar con los más de 170 millones de euros de deuda que se acumulaban en el fútbol español. Tan solo diez años más tarde, la vorágine descontrolada de gasto estaba en pleno apogeo.

Posteriormente llegarían los derechos de televisión, la globalización y la mercadotecnia. Y finalmente una pandemia que ha puesto de manifiesto lo ajustado de las cuentas de muchas entidades. Como dice el inversor Warren Buffet «sólo cuando baja la marea se sabe quién nadaba desnudo». En épocas de bonanza los errores y excesos pasan desapercibidos, es cuando llega un revés cuando se descubre la verdadera situación.

Javier Tebas ha cerrado un acuerdo con el fondo de inversión CVC con el voto en contra de FC Barcelona, Real Madrid, Athletic de Bilbao y Real Oviedo (fuente: nytimes.com)

Y está claro que hay clubes como el FC Barcelona que han gastado lo que no tenían en unos salarios fuera de mercado. Pero no es menos cierto que hay muchos otros clubes que al ver sus estadios cerrados han visto como su principal fuente de ingresos pasaba a ser un pasivo en su balance. Es la cruda realidad que vive el fútbol español.

Por un lado la ausencia de inversores extranjeros debido a una legislación poco propicia o a la necesidad de ponerse de acuerdo con mucha gente para lograr poseer el 51% de un club. Por otro un modelo de negocio que, pese a crecer, lo hace en números muy inferiores a los de su principal competidor, la Premier League inglesa. Y por si fuera poco, al frente se encuentra LaLiga cuya labor en la reducción de la deuda de los clubes ha sido encomiable pero de quien también se espera cierta flexibilidad. No hablo de trato de favor a los que gastan más sino de por ejemplo diferir esos pagos para cuando la pandemia sea parte del pasado.

Y todo este cóctel da lugar a un campeonato que comienza hoy y donde hasta seis equipos siguen atados a la calculadora para poder inscribir a sus nuevos jugadores, donde el talento sigue marchándose (Messi, Sergio Ramos, Varane…) y donde Federación, Liga y Madrid y Barcelona no se llevan precisamente bien.

Dicho lo cual, es nuestra Liga y la queremos. Comienza una temporada donde, pese a que queda de manifiesto que somos un campeonato como cualquier otro, uno espera competitividad e igualdad. Una etapa de reconstrucción con nuevas estrellas emergentes. Volverán los ingresos y con ellos la bonanza que esperemos sea gestionada con cabeza.

Es por esto que amamos el fútbol, porque afortunadamente los millones en el campo no son sinónimo de éxito.