¡Buscamos redactores! Si quieres saber más, escríbenos a tct@trescuatrotres.com

Los últimos de la tabla

Selección de Venezuela en 2020. Imagen de la federación

Puedo ubicar la primera vez que le di importancia a la Vinotinto. Yo tenía unos 6 o 7 años y la selección de Venezuela estaba haciendo una pequeña gira por colegios de la capital, era una manera de intentar que los niños nacidos en el país nos decidiéramos a seguir otra selección. En aquel momento yo veía futbol cada cuatro años y había decidido que en el próximo mundial en Corea y Japón apoyaría a Brasil, de hecho me sorprendió saber que mi país tenía equipo de futbol y que competía para intentar ir al mundial.

Desde allí empecé a seguir al equipo, la selección venezolana estaba en plena revolución. El equipo estaba recibiendo patrocinio finalmente gracias a varias empresas privadas, principalmente la cervecera polar, y empezaba a verse competitivo en los partidos… Pero finalmente el resultado solía ser siempre el mismo.

Desde que veo futbol, Venezuela ha quedado siempre en los últimos tres puestos de la clasificación mundialista de la CONMEBOL. El proceso puede varias, podemos competir con grandes equipos, incluso arrancarle un empate a Argentina o Brasil, y perder con Bolivia en casa, podemos vencer a varios rivales de la mitad de la tabla y después desinflarnos en el último tramo o podemos hacer una clasificación absolutamente desastrosa como está última, finalmente el resultado siempre ha sido el mismo.

La pregunta entonces pasa a ser evidente: ¿Por qué seguir viendo al la selección?. Parece una tontería cuando no hay evidencias de mejoría, de un mejor orden en la federación que pueda ayudar al talento joven a desarrollarse, de un entrenador traído con un proyecto y no solo para llenar un puesto (no por quitarle el mérito a Pekerman que ha asumido la labor menos agradecida del futbol sudamericano), o una liga local que de verdad pueda servir para el desarrollo de los jugadores todos los domingos.

Es difícil de justificar. Quizás sean los destellos de brillantes de nombres como Juan Arango, Salomón Rondón, Wilker Fariñez o Josef Martinez, jugadores muy por encima del nivel de la selección donde jugaban, o casos especiales como esa Copa America de 2011 donde sorpresivamente llegamos a las semifinales. Pueden ser los destellos de competitividad de la selección sub20 que suele hacer un buen papel en su categoría ilusionándonos de nuevo para el próximo proceso, o simplemente las ganas de alguna vez oír el himno de nuestro país de nacimiento en el torneo más importante del futbol.

También es cierto que buscamos cierto nivel de anestesia. La mayoría de los venezolanos nos aferramos al equipo de nuestros abuelos, o alguna selección que nos haya enamorado de jóvenes. En época mundialista es normal ver banderas de España, Portugal, Brasil, Argentina o incluso Alemania en las calles de Caracas, junto a las de Italia cuando clasificaba. Es una manera de sentirse invitado a una fiesta a la que no conseguiste entrada y es una de las ventajas de la migración europea al continente en el siglo XX.

Pero lo cierto es que seguimos esperando y sufriendo. Esperando que un día la federación vuelva a invertir en una liga venezolana funcional, en un equipo con equipaciones de calidad y en un sueño que todos tenemos. Por ahora uno ve la tabla donde siempre terminamos yéndonos al fondo y esperando el próximo mundial, quizás en alguno haya algo de suerte.