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Levante UD: un desgaste entre destellos de gloria

Si hay un equipo que encuentro peculiar en la Liga, ese es el Levante UD. No por nada en especial: su afición es bastante normal, diría que incluso agradable; su himno, clásico y muy acorde con su tierra; su estadio, acogedor; y, sus colores, cálidos y atractivos, si bien complejos para la distinción del ojo ajeno, probablemente más acostumbrado a otro equipo azul y granate. Todo entra dentro del patrón de un equipo hecho y derecho, con su respetable historia. Incluso su paso por la competición es generalmente rutinario, pudiéndose adivinar con cierta holgura cómo se desarrollará la temporada. Todo parece seguir un predecible recorrido. Discreto. 

Hasta que, de vez en cuando, ocurren cosas como la de ayer. Que el equipo, colista y desanimado, va al Wanda Metropolitano y gana al quinto de la clasificación. Al ganador de la temporada pasada. Y esto tras tres derrotas consecutivas: Betis, Getafe y Cádiz.

Rober Pier pelea un balón en el Atlético de Madrid – Levante UD (vía elperiodico.com)

Curiosamente, algo parecido ocurrió contra el Real Madrid en agosto, el Atlético (de nuevo) en noviembre y el Athletic en noviembre, con empates que los dos últimos seguramente siguen lamentando y que al vigente líder, si bien no supone un toque mortal, impide una holgura que ahora agradecería.

¿Qué ocurre con el Levante? ¿Por qué se viste de gala en ocasiones contadas, pero siempre ante colosos de la Liga? Y, ¿por qué, si el Levante es un merecido equipo de primera división por su estadio (en obras por remodelación), su afición y su historia, está a punto de descender a Segunda División si un milagro matemático no lo salva? 

El problema, a todas luces, no viene solo del terreno de juego. Si bien se habla de una plantilla desgastada y quizá sobrevalorada económicamente, con los atascos que eso produce en una media de edad bastante elevada, también toca mirar hacia el palco. La política del Club los últimos años ha dado un resultado mediocre, pero válido. Han sido cuatro años seguidos en puestos de salvación que, más que frustrar, hacen respirar con alivio al aficionado que ve a su equipo mantenerse en Primera. Hasta ahora. ¿Podemos hablar de la crónica de una muerte anunciada? Para qué negarlo: esa comodidad, ese apalancamiento y satisfacción fácil en un deporte como el fútbol de élite no solo sacrifican las posibilidades de auténtica gloria, sino que arriesgan a obligar al Club a un juego de ruleta rusa arriesgado que, este año, apunta a tragedia. Aquí se habla de un equipo cuya ciudad deportiva está a 43 kilómetros del estadio. Se trata de un planteamiento, como poco, desconcertante.

El proyecto del Ciutat de València remodelado, digno de un equipo ambicioso (vía levante-emv.com)

Grandes nombres que podrían haber reportado grandes beneficios, y que, sin embargo, se han quedado atascados en un equipo sin ánimo de competitividad, frustrando a su vez fichajes que ilusionen y renueven una plantilla que lo pide a gritos. Jóvenes promesas que, ante la bajada de división, se convierten en clara duda para continuar en la siguiente temporada. Tiempo malgastado con un cuerpo técnico y una dirección que no ha estado a la altura (Pereira tardó tres meses en volar rumbo a China tras dejar escapar 18 puntos de 21).

Un equipo de Primera División no puede resignarse a la comodidad. ¿Acaso lo hace el aficionado que, partido tras partido, acude al campo y anima, dejándose la voz y el corazón en cada jugada? El Levante es un equipo con una larga trayectoria, agridulce pero siempre prometedora. Y, como ya hemos visto tantas veces, es un caso más de curiosas actuaciones: esmoquin y corbata ante los grandes, y sofá y manta en el día a día. Y ¿sirve eso para salvar del descenso a un Club que preparaba su reacondicionado estadio para ocasiones importantes? ¿O será esa próxima ocasión, con suerte y esfuerzo, regresar a Primera División la temporada que viene? Las matemáticas, como siempre, son odiosas.