Cuando la Champions 2011 – 2012 puso en semifinales a Real Madrid y F.C. Barcelona en diferentes lados del cuadro, los degustadores de polémicas empezaron a salivar con la posibilidad de una final entre Guardiola y Mourinho. La madre de todas las batallas y el padre de todos los morbos, habida cuenta que el año anterior se habían cruzado en semifinales y aquello acabó como el rosario de la aurora.
Aquello se calificó como la final soñada (sospecho que más por los medios de comunicación que por los aficionados), un partido del que se hablaba más que de las propias semifinales… y pasó lo que tenía que pasar. Dos penaltis, uno errado por Messi en el Camp Nou a poco del final, otro lanzado en el Bernabéu por Sergio Ramos a las nubes (casi literalmente) que decidía una tanda, dejaron a Chelsea y Bayern como finalistas.
Nueva oportunidad en la edición siguiente, ya sin Guardiola, pero con similar morbo. Tras las consignas que indicaban que los dos trasatlánticos del fútbol mundial no podían volver a fallar, ambos cayeron goleados en la ida, dejando la final para Bayern y Borussia Dortmund. Tras el paréntesis del año pasado, donde sí hubo dos equipos españoles en la final aunque diferentes a los «soñados», este año algunos han tropezado con la misma piedra. Volvieron a pensar en la final antes de jugar las semifinales y… adiós «final soñada» por tercera vez.
Esta vez el F.C. Barcelona ha cumplido, eliminó al Bayern con soltura y sacó billete a Berlín de manera brillante. Pero el Real Madrid cayó ante uno de esos equipos clásicos siempre temibles, aunque parezca que no están en su mejor momento. Como si una maldición pesara sobre ella, la «final soñada» parece convertirse en «final imposible». También parece una maldición o una venganza del karma el hecho de que el actual campeón cayera contra el que se presuponía como el rival más fácil del bombo de semis.
La Juventus, tras forzar al Real Madrid a realizar un partido infame en Turín, trajo una ventaja de 2-1 que parecía remontable, ni siquiera pareció necesario despertar esta vez al espíritu de Juanito (tal vez su abuso ya da reparo a algunos) ni alabar las remontadas históricas (que cada vez suenan más lejanas).
Vistas las alineaciones, el desajuste de poderío físico en el centro del campo se hacía notable. La BBC más Kroos, Isco y James por detrás son un derroche creativo que puede excitar el oído del aficionado, pero que en la práctica han mostrado carencias en la recuperación de balón cuando el rival tiene un cierto nivel.

Una vez que la suma de Sergio Ramos a la línea de medios quedó desterrada por Ancelotti tras su horrorosa actuación en la ida y dada la desaparición de Lucas Silva, Khedira e Illarra en el triángulo de las Bermudas sito en Valdebebas, el técnico italiano optó por poner a los que más nombre tienen y evitar que alguien pudiera echarle la culpa de una hipotética derrota por «inventar» soluciones extrañas en la alineación.
La previsión: o el Real Madrid resolvía aprovechando la efervescencia física y el subidón del público en la primera media hora, o sufriría. A partido largo, la Juve, con mucha menos calidad y pegada, aumentaba sus opciones.
Porque esta Juventus es un trasunto italiano del Atlético de Madrid. Equipos incómodos, basados en la organización defensiva, tal vez los colchoneros más elaborados tácticamente y los italianos con más calidad en el centro del campo que le facilita la salida de balón. En ambos casos, equipos capaces de desquiciar al rival que crecen cuando encuentran la más mínima debilidad enfrente.
Arrancó el local dominando, aunque la vecchia signora encontraba huecos para lanzar a Morata (un delantero con una movilidad y don de la oportunidad más que notable) e inquietar al personal presente en el estadio.
A los 22 minutos Cristiano volteaba la eliminatoria de penalti, trayendo cierta relajación al Bernabéu: el primer paso estaba dado, la puerta estaba abierta. Hasta el descanso siguió el dominio blanco, con menos necesidad, pero prolongando la euforia de los primeros minutos. Las oportunidades se basaban en centros al área y disparos lejanos, con poca posibilidad de elaboración ante los aguerridos transalpinos.
Tras el descanso, tras un inicial intercambio de golpes donde el Madrid debió pensar que acabaría llegando el segundo, lo que llegó fue el empate. Una falta colgada al área acabó en los pies de Morata, de ahí, a las mallas. Como si fuera obra de un guionista poco original, el gol llegó de un jugador criado en La Fábrica blanca y exiliado ante la falta de oportunidades.
De ahí al final (fue en el 12 de la segunda parte), la extraña sensación de una muerte anunciada, de un «ya te lo dije yo» atormentado contrapuesto a la euforia que provocó el resultado del sorteo. Mucho corazón madridista, pero poca cabeza. La poca elaboración se fue diluyendo con el sudor, mientras Pogba y Vidal pasaban la aspiradora por el centro del campo aprovechando su físico superior.
Y es que el Real Madrid tuvo ocasiones, sobre todo de parte de Gareth Bale, ese chico que si además de correr y pegarla fuerte tuviera un mínimo de conceptos futbolísticos valdría los casi 100 millones que costó. También las tuvo la Juventus, que sacó la bandera italiana, la clavó en el terreno de juego y se plantó frente a su área para que poco más ocurriera en el partido. Ante esas ocasiones juventinas destacó Casillas, aunque de su actuación quedará el fallido (y ridículo, porque no decirlo) saque de banda que coronó la desquiciada actuación de su equipo.
Cayó el Real Madrid, contra todo pronóstico, porque aun en el minuto 94 pensaban que no era posible, que volvería el espíritu de Juanito, del cabezazo de Ramos o del mismísimo Santiago Bernabéu. Salvo milagro, esta eliminación deja a los blancos sin ninguno de los tres títulos «mayores» y a Ancelotti (junto a algunos jugadores) en la cuerda floja. Antes de que las miradas se vuelvan al palco, Florentino probablemente tomará decisiones «llamativas». Se aproxima un verano interesante.
