La evolución de un fracaso

En algún momento del camino, se perdió el rumbo. Quizás es que nunca hubo uno y todo fuera únicamente un manto verde y unas diminutas líneas blancas. Un humilde esférico y unos trozos de madera formando un marco. No suena complejo, no tiene la fórmula de la dificultad al igual que la vida. Sin embargo, se complica cada día más.

Y cada vez más cifras frías, más egos que no cubren ninguna billetera. Cada vez menos cuidar conjuntos y más mimar unidades solitarias. Una nube de envidia corre por los vestuarios y salas de prensa. Ellas hace tiempo que olvidaron su labor informativa. No se disfruta como en las calles y barrios. Se han perdido los recuerdos de trasformar mochilas en porterías y aquel papel del bocadillo en balón de plata.

Goles anulados con el argumento que el guardameta era bajo de estatura. No se discutía el término “alta”. Poseía una fuerza mística de convencimiento. Efectivamente, con mirada adulta era una cosa banal e infantil. No se aplica en los altos despachos de la UEFA. Allí corren las miradas perdidas entre monedas, más monedas. Sólo monedas. El tintineo ensordecedor que ahoga la garganta que da oxígeno a los once que se enfrentan por motivos que ignoran. Apenas hay besos al escudo, no cuenta el dado al que vive en el deportivo que espera fuera como prima de algún sucio papel llamado contrato.

Dónde habita lo olvidado, dónde lo han guardado y en qué tienda de segunda mano. Es necesario desempolvar los buenos principios, no morderse la lengua. No agachar la cabeza e intentar parar al verdugo. No se oyen los balones contra los pisos bajos de un enfadado vecino, han sido sustituidos por esféricos virtuales. Viven en consolas a las que no llamará ningún padre ni madre debido a que se enfría el almuerzo o la cena.

El aire huele a indiferencia. A fanatismo ciego que ha adormecido en una mesa de operaciones al sentido crítico. No hay locos genuinos, algún resquicio de heroísmo de vez en cuando afortunadamente. Se ha enterrado la caballerosidad y se niega el avance a las compañeras que luchan por un deporte más justo. Suenan demasiado fuerte todavía los monstruos que recriminan su feminidad como estorbo a la hora de ejercer el deporte, según ellos, exclusivo de los cojones y no de ovarios.

Niños juegan al fútbol con una botella (fuente: Excelsior)
Niños juegan al fútbol con una botella (fuente: Excelsior)

Algunas puertas se están echando abajo, aunque los tiranos siguen en el castillo. Ya no se elogia al que logra la victoria. Siempre hay una lengua buscando donde clavar el dardo. Siempre hay un hacha queriendo hacer leña del árbol caído. Y se enfrían los cafés, las radios pierden su magia. Las crónicas intentan volver a algo llamado literatura las mañanas de domingo.

Las rocas esperan destrozar el barco. Debiera haberse conformado con ser una humilde barca de pesca y no un transatlántico de lujo. Los capitanes sin honor, serán los primeros en abandonar a la tripulación a su suerte cuando no haya remedio. Y los balones irán perdiendo aire, se cansarán las gargantas de malgastar oxígeno. No habrá ya gritos por los barrios ni huellas de balón en paredes blancas. No habrá sentimiento alguno y un partido serán dos robots de futuro contando sucio dinero.

En algún momento del camino, se perdió el rumbo. Quizás es que nunca hubo uno y todo fuera únicamente un manto verde y unas diminutas líneas blancas. Un humilde esférico y unos trozos de madera formando un marco. No suena complejo, no tiene la fórmula de la dificultad al igual que la vida. Saldrá victorioso quien haya amasado más, el VAR entra exclusivamente cuando hayan contado mal algún céntimo. Aviso, todos los títulos son ya de la banca. Huelen a sucursal, no a trofeo. Y así seguirá la evolución de un fracaso, impulsado por los huracanados vientos de la avaricia…