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Kiev

dinamo kiev atlético madrid 1986

Están muy recientes los tanques entrando en Kiev violando la paz que trasmite el frío y nublado día con sus siete grados, caen sobre sus aceras y monumentos. El fútbol es lo de menos en Ucrania. Quizás, debieran ser estas líneas recuerdo de alguna gran proeza del balompié de Europa del Este. Pero esa parte de la vieja Europa se desangra, literalmente. Y no salen equipos, grandes goles, paradas imborrables de la retina.

Kiev no piensa ahora en el Dinamo de Kiev, ni tampoco en su primer Campeón de Liga, el SC Tavriya en 1992. Kiev no piensa ni en la Champions League ni en la UEFA Europa League. La memoria se llena de bombardeos y soldados. De violencia y amenazas. De mapas llenos de puntos rojos llamados objetivos que aparecen en las portadas de múltiples medios de comunicación.

El balón no rueda, aunque puede utilizarse la guerra con una metáfora deportiva. La guerra es un partido que no gana nadie, pero tampoco hay empate posible. No importan goles a favor o en contra, no importa el equipo titular ni el suplente. Los cambios no tienen valor alguno. En teoría, hay un arbitro que debería impedir el juego sucio. Algo falla en su manera de ejercer la profesión. Kiev se llena de tropas y de miedo. Existen partidos en los que hay un justo vencedor, hay partidos en los que, en ocasiones, gana aquel que menos ha hecho para obtener la victoria. Pero no existen las guerras justas o injustas, únicamente malditas guerras. Lo dijo alguien muy sabio. La existencia de la victoria en una guerra es cuestionable.

Kiev no tiene ahora mismo estadios en los que la única preocupación sea animar al equipo e intentar minimizar los puntos fuertes del rival. En fútbol únicamente hay rivalidad durante noventa minutos. Se dice pronto. La guerra no tiene un cronómetro que separe dos partes diferenciadas antes de irse todo el mundo a su hogar de manera tranquila y a salvo. La guerra no tiene VAR que anule las mayores barbaridades ejecutadas por el hombre contra su prójimo.

Los campos verdes de juego se transforman en ceniza y polvo. No hay un reglamento al que acudir, no hay tarjetas amarillas ni rojas que paren o expulsen a los bombarderos. Los únicos comentaristas del caos están demasiado lejos del mismo. No habrá abrazos, no se pedirán en las barras más rondas mientras reponen la repetición de la jugada. La muerte corre a sus anchas por la línea de fondo y logrará marcar el gol menos cantado de la historia.