No te pierdas nuestro podcast "Desde la medular"

Gánatelos al final

“Supongo que sí tengo una pasión confesable: quiero saber lo que se experimenta al sentir tanta pasión por algo.”

Susan Orlean en “Adaptation (el ladrón de orquídeas)”

Voy a empezar por el final, primero porque todos queremos saber cómo acaban las cosas y también porque, al final, de lo que se trata es de lo que nos hacen sentir esas cosas. Y lo voy a hacer desde los recuerdos, aunque tengan mala fama, aunque se diga de ellos que no son fiables, porque los recuerdos son muy importantes para todos e indispensables para los que nos gustan las historias.

Recordar, en la mayoría de los casos, mejora la realidad de lo sucedido y eso hace que casi siempre sea mejor no comprobar la verosimilitud del recuerdo en concreto, y es por eso, que os voy a hablar de ciertas cosas de memoria, de cómo las recuerdo, quizás muy lejos de la realidad, quizás no, pero lo importante es lo que me hicieron sentir o me hacen sentir hoy, y eso es muy real y os tendréis que fiar de mí porque no pienso comprobar si lo que recuerdo es fidedigno o no, porque hoy no se trata de eso.

Cartela del final de «Suspicion» de 1941 de Alfred Hitchcock

Recuerdo hace muchos, muchos años que estaba con mi hermano y en la televisión estaban echando (emitiendo) una serie de ciencia ficción que yo no veía normalmente, se llamaba “Seaquest” y algo más… y, la verdad, es que no os podría nombrar a un protagonista ni contaros el argumento de ningún capítulo, pero era una serie futurista dentro de un submarino y, lo más importante para mí, en ese futuro no había béisbol.

Eso lo recuerdo porque en esa mañana explicaban el porqué ese deporte tan popular en Estados Unidos ya no existía. La explicación era sencilla, resulta que al último partido de las series mundiales sólo asistieron 200 personas (todo esto como en un especie de recreación en imágenes en realidad aumentada de ese partido que hacía años que se había disputado), esto reflejaba que la gente había perdido el interés por el béisbol y por eso desapareció. 

Maqueta del submarino «Seaquest» vía Wikipedia.

En este año en el que hemos visto tantos estadios vacíos y que cada vez cuesta más recordar nuestro último partido rodeado de gente, podríamos pensar que esto podría enfriar nuestra pasión por el fútbol, que podría habernos hecho sentir y vivirlo menos, pero como todos sabemos no ha sido así, y más, cuando nos molesta hasta perder en un partido de consola con nuestro equipo.

Bud Light, la cerveza americana, ha hecho una campaña, sobre cómo estar con tu equipo y sentirlo en las actuales circunstancias. Y no, no lo hace a través del béisbol (aunque hay en San Francisco otro equipo que se llama igual) como en la serie que os comentaba, lo hace con otro de esos deportes que mueve a millones de personas y que genera tantos sentimientos como es el fútbol… americano.

En este caso, con uno de los equipos más icónicos como son los Giants y de una de las ciudades más castigadas por esta situación como es Nueva York, pero que gracias al tono de humor y, a pesar de reflejar la actual realidad, hace que nos saque una sonrisa, demostrando que a esta normalidad ya es hora de que nos acerquemos también de otra manera, una más natural, más humana ¿hay algo más humano que el sentido del humor? porque han cambiado muchas cosas, pero también hay que buscar lo positivo de las circunstancias que genera.

Para contar la historia utilizan algo que en algunos lugares se ha hecho muy popular (aquí en La Liga, no) como es replicar a los socios y aficionados en cartones para que físicamente estén con sus equipos. Una manera de poner cara y, en este caso, alma y personalidad a los asientos vacíos. Al final (siempre al final) lo que amamos, ese sentimiento es tan fuerte que se impregna hasta en nuestra versión impresa, aunque claro aquí se refiere, sobre todo, a la cerveza.

Anuncio de «Bud light»

Y quiero retomar los recuerdos, en este caso los futbolísticos, porque es imposible que desaparezca algo que nos hace sentir tantas cosas, durante tantos años y que al final, terminan formando parte de nuestra vida. El fútbol nos ha traído todo tipos de sentimiento, tanto buenos como malos, que nos han hecho llorar de alegría y de tristeza.

Yo he visto a mis compañeros de grada llorando como críos, cuando los 50 ya no los cumplían, por clasificarnos para la final de Eindhoven después de una prórroga y un gol de Antonio Puerta que quedó en la historia del club, pero también he visto llorar a mis amigos del colegio cuando nos eliminó el Real Zaragoza en cuartos de final de la Copa del Rey a falta de 5 minutos con gol de Gustavo Poyet.

Sin embargo, lo bonito, lo que hace grande el fútbol, es que no sólo lo sentimos los socios o simpatizantes de un club, sino que cuando se disputa un partido, instintivamente, eliges a alguien con quien ir, que quieres que gane aunque no sea tu equipo, por cercanía o por simpatía… Yo he saltado del sofá con el gol de Bakero en Kaiserslautern, flipé, incrédulo, con el gol de Nayim en la Final de la Recopa de Europa o estuve de pie, nervioso pidiendo la hora cuando Pier se puso los guantes de Agustín en un Auxerre-Tenerife.

También, aplaudí orgulloso al Alavés cuando perdió 5-4 la final contra el Liverpool en aquella inolvidable final de la UEFA o lloré junto a Clemente y sus jugadores cuando el Español perdió, incomprensiblemente, también aquella lejana final de la UEFA del 88… y todo esto, muy lejos aún en el tiempo de que mi equipo fuera el que me diera esas alegrías y malos ratos (sí porque sufrimos y sufrimos mucho hasta cuando ganamos) y, por eso es el que más recuerdos me ha dado y más sentimientos me ha hecho aflorar, sobre todo, junto a mi padre (qué capacidad tiene para estar tranquilo, increíble…).

Pero, además, no sólo nos importa a los aficionados, sino también a los protagonistas, a unos futbolistas que, en muchos casos demuestran que no es sólo su trabajo, es su pasión, que sienten los colores. Inolvidables aquellas imágenes en el Camp Nou de los jugadores del Bayern de Munich tras perder en cuestión de segundos la Champions League.

Gol de Bakero al Kaiserslautern, también, guiño al que hace posible nuestra web.

Pero, volviendo al principio o, mejor dicho, al final, hoy quiero destacar una campaña del Getafe que, precisamente nos habla del final de su nombre para construir una historia y darnos esperanza en estos tiempos desde el sentimiento, de una forma valiente, coherente y notoria (llega a cambiar su nombre por y para la idea) que hacen que el mensaje no sea artificial porque se basa en un insight muy real en referencia al club y a la manera que tenemos de referirnos a él.

Una pena, al menos para mí que, además, de una edición de imágenes lejana a la excelencia, hay un gran error, uno que tenía fácil solución y que hubiera dado la oportunidad de crear una historia más grande, más desarrollada y es algo incomprensible como es que no lo han locutado, no hay voz. Sí, dan un mensaje cercano, creíble, humano y con un buen concepto detrás, pero lo hacen por medio de cartelas (no voy a hablar de la tipografía…) que hacen que perdamos esa cercanía, esa posibilidad de una persona hablando y contándonos una historia con fuerza, con un tono que ahora no tenemos y que se queda en algo más frío, menos natural y, sobre todo, menos humano. Una buena idea con una ejecución que no está a la altura, lo que lastra y le resta sentimiento a la pieza y, ya sabemos, que al final en la publicidad, como el fútbol, esto va de lo que nos hace sentir.