Por primera vez, se quedó sin palabras. Los focos le asfixiaban, jamás tuvo en su imaginación a un inocente nudo de corbata como arma mortal. Pero le ahogaba. Su corazón, corredor de fondo sin meta, quería habitar fuera del pecho. Su voz de manera inoportuna se había declarado en huelga. Quería corregir las posiciones y el marcaje. A la hora de la verdad, un hilo fino había sustituido a lo que en su mente debía ser un grito.

Así no lo habían ensayado. Necesitaba agua. De nuevo, un balón dividido que se pierde. No podía estar ocurriendo esto. En su pizarra, cada anotación estudiada al milímetro se fue al traste nada más comenzar el partido por un gol en propia meta. A partir de ese momento, tantas horas de estudio parecían un mal chiste. Algo innecesario, sin sentido.

No salía nada. Las piernas pesaban y la cabeza iba a mil revoluciones. Miraba a su banquillo y no quería mandar todavía a ninguno de los chavales a los leones. Demasiada responsabilidad. Debía existir una solución, siempre la hubo en este deporte. En ese instante, se hacía de rogar.

Y el balón no quería entrar. Y el defensa empeñado en resbalarse en el segundo y cuarto gol. No hay manera. Cuando observó aquella cantada de su portero, creyó en que el universo le indicaba que era de esos días que la cama era el mejor refugio. No tendría que haber salido de las cómodas mantas.

Siempre se puede ir a peor. De eso no existe duda alguna. Y claro está, el invitado inoportuno cuando el barco se hunde: lesiones y un penalti en contra. No estaba sorprendido, para nada. De hecho, llevaban escasos goles en contra para el calamitoso encuentro que estaban disputando. Había lugar incluso para ser optimistas. Es que noventa minutos dan para mucho.

Pep Guardiola desesperado
Un entrenador desesperado (fuente: culemania.com)

Tenía claro que, la próxima vez, les miraría a los ojos y les diría que para jugar así, mejor no salir del autobús. O quizás era su culpa. A lo mejor no entendía el juego, cómo había que hacerlo. Y todo era suerte y listo. Ni pizarra ni entrenar. Todo enfocarlo como una pachanga entre viejos amigos. Y luego la cervecita. Nada más. Él no era entrenador. No lo era en momentos así. Ni idea tenía, ni sus ayudantes. Cómo sacar algo bueno de esto era cosa de estamentos paranormales fuera de su control de la lógica.

Ya perdían de siete. Silbido monumental de una afición cabreada, presidente mirando currículos de otros que quizás supieran cómo levantar esto. Todo estaba visto para sentencia. Se acabó. Disfrutó mientras pudo y tomó, quizás, la decisión más difícil en su corta carrera en los banquillos. Cuando su hermano mayor metió el octavo gol con el portero, regateando a rivales como si fueran monigotes sin alma, actuó: apagó la consola a traición y salió corriendo por el pasillo para evitar las represalias.