Eclipse total

Cada 200 años se produce un acontecimiento que llama la atención; hablamos de la alineación de todos los planetas. En el universo del fútbol, ocurrió algo parecido durante la disputa del campeonato del mundo celebrado en México, en el año 1986.

La mayoría de las potencias del balompié se presentaron en dicho mundial con la intención de conquistar el título y todas ellas contaban con su propia constelación.

Las primeras eliminadas fueron la Portugal de Futre, Gomes o Rui Aguas y una Uruguay que contaba en sus filas con Bossio, Rubén Paz, Da Silva, Alzamendi o Enzo Francescoli.

El país anfitrión también presentaba su candidatura. Como no hacerlo con nombres del calibre de Negrete, Flores, Aguirre o Hugo Sánchez. Otra apuesta fuerte venía desde la Unión Soviética. Dassaev, Demyanenko, Yakovenko, Zavarov, Protassov, Belanov o el crack Oleg Blokhin eran razones más que convincentes para optar a la gloria, pero cayeron en un trepidante partido ante la Bélgica del majestuoso Jean Marie Pfaff y compañeros tan cualificados como Gerets, Scifo o Ceulemans.

También Dinamarca, con un equipazo de nombres como Morten Olsen, Lerby, Arnessen, Eljkaer Larssen o el gran Michael Laudrup, se postulaba como candidata, pero no contaban que serían arrolladas por un ciclón llamado Emilio Butragueño. Porque España quería romper de una vez su particular maldición del muro de cuartos de final y para ello se presentó con una plantilla espectacular.

Gordillo, Míchel, Señor, Gallego, Francisco, Julio Salinas o el propio Butragueño eran argumentos de peso, pero los belgas fueron un obstáculo demasiado grande para los españoles.

Aún quedaban más planetas en juego, todos ellos campeones del mundo, que aspiraban a ceñirse otra vez la corona de laurel. Como Italia, en cuyo plantel figuraban jugadores como Cabrini, Scirea, Tardelli, Conti, Vialli, Altobelli o Rossi, la mayoría de ellos campeones cuatro años antes. Pero la resistencia francesa fue mucho más poderosa.

Para optar al que hubiese significado su primer entorchado, les bleus tenían una selección increíble, con todos los campeones de la Eurocopa disputada dos años atrás. Y es que gente como Amorós, Bossis, Luis Fernández, Platini, Giresse, Tigana o Papin convierten en favorito a cualquier equipo. Incluso eliminaron a la poderosa escuadra carioca, también repleta de estrellas como Oscar, Junior, Falcao, Zico, Cerezo o Sócrates.

No podemos olvidar a otro señor equipo, Inglaterra. Peter Shilton, Butcher, Hoddle, Robson, Waddle, Barnes o Lineker también parecían buenos mimbres, pero no fueron suficientes.

Tras eliminar a Brasil, los franceses se las prometían muy felices, pero tropezaron con un agujero negro que devoraba todo lo que encontraba a su paso, la excelente y sempiterna favorita Alemania. Schumacher, Briegel, Brehme, Augenthaler, Littbarski, Matthaeus, Voller o Rummenigge. Un agujero demasiado profundo.

Sin embargo, existe otro fenómeno astronómico que se manifiesta muy de tarde en tarde. Se trata de los grandes eclipses. En la historia del universo se habían producido, hasta esa fecha, cuatro. Concretamente, el 28 de mayo del 585 a.C., el 21 de agosto de 1560, el 8 de abril de 1652 y el 29 de mayo de 1919.

Ese verano del 86, otro impresionante eclipse producido por un barrilete cósmico sacudió al mundo del fútbol para convertir a Argentina en campeona del Universo, gracias a la magia de uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.

Los cuerpos celestes son la causa de todo lo que sucede en el mundo sublunar.»

Tomás de Aquino

Ese año, un menudo cuerpo albiceleste hizo que el esférico se sometiese ante el gran soberano de aquella época: Diego Armando Maradona.

(fuente: wikipedia.org)