Cuando Cruyff plantó a Mendizorroza

Este pasado sábado 31 de octubre tuvo lugar en Mendizorroza el encuentro correspondiente a la octava jornada de liga entre el Deportivo Alavés y el F.C. Barcelona. A colación de ello, se me vino al recuerdo haber escuchado cierta anécdota que ocurrió allá por 1981 en el coliseo babazorro con motivo de una visita azulgrana a Vitoria. Aquella visita, sin embargo, aunque azulgrana, no fue protagonizada por el F.C. Barcelona. Pero sí por el considerado por muchos – hasta la llegada de Messi y con permiso de Kubala – como el mejor jugador culé de todos los tiempos: Johan Cruyff.

Rendía visita al feudo alavesista el Levante Unión Deportiva. Corría el mes de marzo de 1981 y ambos conjuntos militaban en la Segunda División del fútbol español. El club granota, desde su descenso a la categoría de plata en el año 65, llevaba tres lustros sin probar las mieles de la élite del balompié nacional. La ocasión aquella temporada se presentaba pintiparada para el anhelado regreso a Primera. Y es que el equipo se encontraba a la conclusión del año 1980 colocado en segundo puesto de la tabla. A sólo un punto del líder, el Rayo Vallecano.

Así pues, no queriendo desaprovechar la ocasión de subir a Primera y deseando dotar al equipo de un plus de competitividad, el presidente de la entidad de Orriols, Paco Aznar, se lanzó a la consecución de un imposible: traerse al Levante a una leyenda viva y en activo del fútbol mundial.

Ése no era otro sino el astro neerlandés Johan Cruyff, quien se encontraba haciendo sus particulares Américas militando en el Washington Diplomats de la North America Soccer League, antecedente directo de la actual Major League Soccer de Estados Unidos.

Cruyff, con la camiseta de los Washington Diplomats (fuente: washingtonpost.com)

A la conclusión del año 1980, el “Flaco” había manifestado públicamente su deseo de volver a competir en Europa. Cruyff ya no era aquél que había encandilado al planeta fútbol con la Naranja Mecánica durante el verano del 74 en Alemania. Ni el tricampeón de Europa con el Ajax, ni el de las arrancadas eléctricas y los éxitos en Can Barça. Pero seguía siendo Cruyff y no fueron pocas las novias que le salieron. Se le presentaron por parte de diversos clubes ofertas astronómicas, de entre las cuales se llevó la palma la levantinista, que terminó siendo aceptada.

Así pues, llegó el de Ámsterdam a la capital del Turia allá por el mes de enero de 1981. Su debut con la zamarra granota vivió un rosario de obstáculos merced a trabas burocráticas que la LFP imponía al Levante. El equipo adeudaba sueldos atrasados a sus futbolistas y antes de dar el ente federativo su beneplácito para la inscripción del tulipán, debieron ser oportunamente garantizados dichos abonos de fichas.

Portada de Mundo Deportivo del 28 de febrero de 1981 (fuente: mundodeportivo.es)

Y es que el Levante se iba a hipotecar económicamente con la contratación de Cruyff. La culpa la tuvo una oferta astronómica para aquel entonces. Según algunas fuentes, unos treinta millones de pesetas de la época por cinco meses de contrato más la mitad de la recaudación por taquillas en los partidos de casa hizo al neerlandés decantarse por la propuesta granota. Así, la inscripción no pudo tener lugar hasta el 28 de febrero, si bien el contrato estaba ya firmado desde finales de enero.

Se estrenó con su nueva elástica azulgrana un 1 de marzo de 1981 en un encuentro en casa contra el Palencia, que salió derrotado del Ciudad de Valencia por 1-0, con una discretísima actuación del Flaco. Al siguiente partido visitaba el Levante el viejo Los Cármenes, que presentaba un lleno hasta la bandera para poder ver in situ jugar a la estrella holandesa.

Dos semanas después llegamos al episodio central de este artículo. Iba a rendir visita el club granota a Mendizorroza, feudo de un rival directo en la pugna por el ansiado ascenso. Días antes de tener lugar el duelo, se colgó en el coliseo vitoriano el cartel de “No hay billetes”. Al igual que ocurrió dos semanas antes en Granada, se vivía una expectación inusitada en la capital vasca por la inminente presencia del astro holandés.

Para aquel encuentro, ya era notoria la mala relación de Cruyff con el resto de compañeros del equipo. Se negó a viajar con ellos, exigiendo desplazarse a Vitoria en viaje privado acompañado sólo del presidente. Desde su llegada, habían sido constantes sus excentricidades, sus ataques de arrogancia y su falta de compromiso e implicación con el resto de jugadores del plantel. El ambiente, como vemos, no era el mejor.

Llega Cruyff a Vitoria el 21 de marzo y se entera de la noticia de que estaba todo el papel vendido desde hacía días. Ni corto ni perezoso, se puso en contacto con la planta noble del club babazorro para exigirles la mitad de los ingresos correspondientes a la venta de entradas para ese partido. Consideraba el Flaco que esa cuota del beneficio económico le correspondía a él, que era el que concitaba tal expectación y aumentaba la afluencia de público en los estadios.

La dirigencia alavesista, como no podía ser de otra forma, no accedió al chantaje de Johan, quien había advertido que, de no transigir el Alavés con su exigencia, tomaría el camino de vuelta a Valencia y no contendería sobre el verde de Mendizorroza. Todos pensaban que iba de farol, pero el holandés cumplió su amenaza y, ante la estupefacción de propios y extraños, plantó a Mendizorroza y, lo que es peor, a su propio equipo y se negó a disputar el choque.

Saltando al terreno de juego en su época levantinista (fuente: marca.com)

El Levante, sin Cruyff, perdió 1-0 aquel encuentro ante un rival directo y dicha derrota fue el detonante para la destitución del entrenador. Todo había empeorado desde la llegada del holandés a la disciplina del equipo. Sus compañeros no tragaban a un divo arrogante y soberbio en el vestuario, la afición explotó contra él tras la negativa a jugar en Vitoria y el mal ambiente que se creó en el entorno fue un mal caldo de cultivo para las aspiraciones del club, que fue desinflándose hasta acabar en una desilusionante novena posición a final de temporada, viendo frustrados sus sueños de ascenso.

Partido aquel en Vitoria que, aunque no contó con una leyenda del fútbol como Cruyff, sí presenció un nuevo recital de un joven que venía despuntando desde hacía varios años en las filas albiazules. Se llamaba Juan Señor y fue el autor del tanto que le valió la victoria a los babazorros aquella fría jornada del marzo vitoriano. Sí, Juan Señor, el mismo que al año siguiente terminaría fichando por el Real Zaragoza. El mismo que años después durante una fría noche de diciembre de 1983 en el Benito Villamarín materializó el duodécimo tanto que la Selección Española le marcó a la de Malta en aquel decisivo envite clasificatorio para la Eurocopa que se había de disputar en Francia al año siguiente, completando una de las mayores machadas de la historia del balompié nacional.

Pero ésa es otra historia. Y la de Cruyff acabó muy mal con el Levante. Desde su llegada, el equipo no hizo más que caer en la tabla. Encadenó paupérrimas actuaciones con los granotas, anotando sólo unos discretos dos goles (ambos en un partido en casa contra el Oviedo) y demostrando tener una actitud impropia de un mito del balompié. Arruinado por no subir a Primera, con la mitad de los ingresos por taquillas entregados al genio holandés y empeñado económicamente por las cifras acordadas con Cruyff, el Levante se declaró en quiebra y fue castigado administrativamente con dos descensos de categoría, dando con sus huesos en Tercera División.

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  1. Una bonita anécdota que incide sobre la personalidad engreida y prepotente que suele ser frecuente en el mundo del fútbol por quien,dotado de cualidades excepcionales para este deporte, carecen de la madurez como personas y del equilibrio necesario para que se les respete y admire fuera del valor que su cualidad innata y su don,tengan.

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