Cancerberos vascos: historia de una cantera infinita

Según la mitología griega, el ser fantástico conocido como el can Cerbero era el perro del dios Hades, el cual le tenía encomendada la tarea de ser guardián del mítico inframundo griego. Ese concepto que posteriormente en la tradición cristiana se conocería genéricamente como el infierno. Así pues, teniendo confiada el can Cerbero esta elevada misión, el término fue acogido por la jerga futbolera en un sentido metafórico dando lugar a uno de esos vocablos tan maravillosos que se usan a diario en el periodismo deportivo y en las tertulias balompédicas en general.

Por tanto, con el término cancerbero se ha venido en llamar por parte de los amantes del fútbol al jugador que desempeña esa sagrada labor sobre el verde: la de guardián de la portería, simbolizando ésta el infierno que todo conjunto quiere evitar, esto es, el de ver ultrajada su línea de gol.

Y si hay una tierra en especial que se puede jactar orgullosa de haber obsequiado al balompié español y universal el más ingente caudal de extraordinarios y talentosos cancerberos, esta tierra no es otra sino el País Vasco. Es a la prolífica y genial cantera vasca de porteros aquélla a la cual van a ir dedicadas estas letras.

La forja de un carácter, un fenómeno sociológico

Se suele decir que el entorno y el clima en gran medida condiciona la personalidad de las gentes que habitan un determinado lugar. Ello puede ser uno de los factores que hagan que la proliferación de excelentes guardametas vascos durante décadas no haya sido mera casualidad.

Ese carácter duro, sobrio y resuelto ante la adversidad de que presumen los vascos explica a la perfección que haya sido esa tierra cantera inagotable de cancerberos. Pues de todas estas cualidades ha de quedar revestido todo buen guardameta que se precie de serlo. Aun más en un entorno y un medio con frecuencia hostil en que se convierte un terreno de juego en aquella zona de la cornisa cantábrica.

Piénsese en un campo de fútbol del País Vasco un lluvioso, ventoso, desapacible y frío día de invierno. El área chica pelada de césped y convertida en un lodazal. En el fútbol no hay nada que se parezca más a ese inframundo, a aquel infierno que el mítico Cerbero, aquel can monstruoso de tres cabezas, guardaba con celo. Hay que tener muchos arrestos para colocarte debajo del arco a recibir balonazos y a revolcarte por un patatal anegado para ponerte de barro hasta las cejas. El parar balones bajo estas circunstancias de seguro forja el carácter de los porteros vascos. Les confiere ese plus de competitividad y arrojo con que han contado desde los comienzos del balompié en España.

Por añadidura, los más estudiosos de este fenómeno también suelen afirmar que otro de los factores con influencia es la práctica desde niños, sobre todo en el ámbito rural vasco, de otros deportes tradicionales y arraigados de esas provincias. Estamos hablando, básicamente, de la pelota vasca. Porteros que simultaneaban su formación como guardametas con la práctica de la pelota en esas superficies semiblandas que son los frontones. Ideales para practicar escorzos y acrobacias para lanzarte a por la pelota y nunca dar el punto por perdido. Ello de buen seguro les ha otorgado a muchos de ellos un extra de formación y de arrojo, más allá de la formación futbolística en el sentido más académico del término.

Todo ello, unido a buen seguro al magnífico hacer de los profesionales que trabajan en los escalafones inferiores formando a jóvenes porteros, arroja luz acerca del porqué de este fenómeno sociológico del guardameta vasco. Especialmente prolíficas han resultado las canteras vizcaína y guipuzcoana. Según estadísticas ofrecidas a julio de 2017 por el portal sportball.es, de los novecientos ochenta porteros que habían jugado al menos un minuto en toda la historia de la Liga desde su fundación en 1928, Vizcaya era la provincia española que más cancerberos había aportado, alcanzando un total de ciento uno; seguida naturalmente por Guipúzcoa (con setenta y nueve).

Pero esta supremacía vasca no es sólo exclusiva de la Primera División de nuestro balompié. En Segunda, Vizcaya también lidera el ránking, habiendo aportado a dicha categoría a la fecha anteriormente indicada un total de ciento once porteros, siendo en este caso Guipúzcoa la cuarta, con ochenta y cuatro. Cierto es que Álava aporta en mucha menor medida, aunque no lo es menos el hecho de que el jugador con más partidos en la historia de la Liga no es otro sino un portero alavés: Andoni Zubizarreta.

Con estas estadísticas y estos datos abrumadores nos podemos hacer una idea de la importancia de la cantera vasca en lo que a la portería se refiere, máxime si tenemos en cuenta que la población del País Vasco ronda el seis por ciento de la población total de España. Proporcionalmente, la hegemonía histórica de los vascos en la puerta es arrolladora.

Lo dicho, un fenómeno sociológico digno de estudio.

Los tres grandes

Si de entre todos los magníficos porteros que el fútbol vasco ha dado hubiera que destacar especialmente a tres, el que suscribe este artículo no duda de que habría práctica unanimidad entre la crítica y los aficionados para señalar a los siguientes por encima de todos los demás: José Ángel Iríbar, Luis Arconada y Andoni Zubizarreta. Casi nada. Tres leyendas vivas del fútbol vasco y español.

I. José Ángel “el Chopo” Iríbar (Zarauz, 1 de marzo de 1943) es quizá el mejor cancerbero vasco de todos los tiempos. Desde luego, el que más rodeado está de ese aura mítica de portero de leyenda. Quizá el hecho de ser cronológicamente el primero de los tres grandes influye, pues el gran público tiende a idealizar y mitificar las figuras más lejanas en el tiempo. Como si todo tiempo pasado hubiese sido mejor.

Iribar
Iribar, durante un partido disputado en un abarrotado San Mamés (fuente: elpais.com)

Sea como fuere, lo cierto es que el Chopo fue un portero extraordinario, que marcó toda una época en el Athletic de sus amores y también en la selección española, con la que conquistó la primera Eurocopa de nuestra historia, la de 1964. En la final de aquella edición coincidió sobre el terreno de juego del Santiago Bernabéu con el que quizá está catalogado como el mejor cancerbero de todos los tiempos: el meta soviético Lev Yashin, la Araña Negra.

Jugó defendiendo la portería de San Mamés durante nada más y nada menos que dieciocho temporadas, a lo largo de las cuales llegó a disputar un total de cuatrocientos sesenta y seis partidos de liga, noventa y tres de Copa y cincuenta y cinco de competiciones europeas.

Por su parte, con la selección contendió en cuarenta y nueve ocasiones (incluyendo dos Eurocopas y el Mundial de Inglaterra), estableciendo el que por aquel entonces resultó el récord de internacionalidades con la zamarra roja, desbancando a otro legendario portero español, que era quien ostentaba hasta entonces ese honor: Ricardo Zamora.

II. En segundo lugar en esta lista de los tres grandes nos encontramos con Luis Arconada (San Sebastián, 26 de junio de 1954). Mítico cancerbero de la Real Sociedad, con la que alcanzó la gloria, siendo el indiscutible guardameta titular durante aquel bienio dorado de principios de los ochenta en que los donostiarras conquistaron sendos títulos ligueros. Igualmente, conquistó con el conjunto txuri-urdin una Supercopa de España y una Copa del Rey.

Arconada
El gran Arconada (fuente: number1sport.es)

Por su parte, con la selección española alcanzó sesenta y ocho internacionalidades, siendo integrante de la plantilla del combinado nacional para dos Eurocopas y dos Mundiales. Una de estas participaciones, concretamente la concerniente a la Euro’84 que se disputó en Francia, le hizo pasar negativamente a la historia del fútbol español al encajar en la final aquel famoso gol de Platini, cuando se le escurrió el balón por debajo del cuerpo al ir a blocarlo tras un débil disparo de la estrella gala.

No obstante, no se ha de recordar al genial Arconada por este puntual – aunque trascendente- error, sino por haber sido durante trece temporadas consecutivas líder indiscutible de la meta donostiarra y por ser el arquetipo de portero espectacular y preciosista, sin perder por ello un ápice de efectividad.

III. Y para acabar con este cuadro de honor, el último de los tres grandes: Andoni Zubizarreta (Vitoria, 23 de octubre de 1961). Si Arconada es el paradigma de portero preciosista y espectacular, a Zubizarreta lo podemos considerar como el arquetipo diametralmente opuesto. Otro estilo de cancerbero totalmente distinto, pues Zubizarreta representa la sobriedad, el gesto adusto bajo palos y la efectividad sin florituras. Hacía que pareciera fácil parar lo imposible. Así se podría describir el estilo del alavés, quien durante su periplo profesional defendió las metas de Alavés, Athletic, Barcelona y Valencia.

Zubizarreta
Andoni Zubizarreta (fuente: elfutbloglin.blogspot.com)

Como dijimos al principio del artículo, es el jugador de la historia de la Liga con más partidos y ostentó también ese récord como cancerbero de la selección española, con ciento veintiséis internacionalidades, hasta que fue superado por un tal Iker Casillas.

Secundarios de lujo

Junto a estos tres auténticos titanes de la portería, nos encontramos con un sinfín de porteros originarios del País Vasco que serían sin duda primerísimas referencias -de hecho, lo son- de la portería si no tuvieran por delante a Iríbar, Arconada y Zubizarreta.

Y es que la historia del fútbol español está trufada de toda una pléyade de fantásticos porteros que han ido forjando la leyenda de la prolífica cantera vasca de cancerberos. Haremos un breve repaso por algunos de los más destacados.

Obligado es empezar por Gregorio Blasco, primer gran guardameta histórico del Athletic Club, quien llegó a alzar con el club del Bocho en el período comprendido entre 1927 y 1936 nada más y nada menos que cuatro campeonatos de Liga y cuatro Copas de España. Asimismo, internacional con la selección en cinco ocasiones y como curiosidad es de destacar que llegó a militar en River Plate durante unos meses en el año 1940.

Gregorio Blasco
Gregorio Blasco (fuente: memoriadelfutbolvasco)

También dejaron su impronta inmarcesible dos cancerberos vascos en los dos equipos de Sevilla. Y no podía ser menos que la mejor cantera mundial de porteros dejara su huella en esta ciudad donde el fútbol es una auténtica religión laica, que la divide balompédicamente en dos bandos irreconciliables. Estamos hablando de Joaquín Urquiaga, quien conquistó la Liga en el año 1935 en las filas del Real Betis Balompié y se erigió como portero menos batido de aquella temporada; y de José María Busto, quien once años después logró el campeonato liguero con el rival ciudadano: el Sevilla F.C.

No podemos tampoco obviar a Ignacio Eizaguirre. Indiscutible líder de la meta del Valencia en los años cuarenta, durante la época dorada del club ché. En sus filas conquistó con el conjunto levantino tres ligas y una Copa.

Tres porteros en tres décadas

Volviendo al Athletic Club, hemos de destacar igualmente a dos metas que marcaron toda una época a orillas del Nervión. Y es que hablar de Raimundo Pérez Lezama y de Carmelo Cedrún no puede dejar indiferente a ningún buen amante de la historia del balompié. El primero militó en el club del Bocho desde el año 41 al 57. El segundo tomó el relevo del anterior en la titularidad de la meta bilbaína, completando un periplo en dicho club que comprende desde el año 50 hasta el 67. Sería de Carmelo Cedrún (padre del también portero Andoni Cedrún, quien militara, entre otros, en el Athletic Club, Real Zaragoza y Logroñés) de quien tomaría el relevo en la titularidad el mítico Iríbar. Su rutilante y formidable irrupción forzó la salida del anterior al Español de Barcelona. Allí completó varias excelentes temporadas, convirtiéndose por méritos propios en leyenda del conjunto perico.

La concatenación de forma consecutiva de estos tres grandísimos cancerberos en la meta del Athletic desde el año 50 (en que aparece Lezama), hasta la temporada 79-80 (en que se retira el Chopo) constituye un fenómeno futbolístico de dimensiones colosales. El equipo bilbaíno, en ese lapso de veintinueve años, contó únicamente con estos tres porteros titulares. Dato curioso a la vez que ilustrativo de la grandeza y de la valía de estos tres metas. Tres décadas con la portería defendida por tres auténticos colosos en el arte de parar.

El Chopo contra Gorriti

Del mismo modo, de obligado cumplimiento es citar al gran José Ramón Esnaola (Andoáin, 30 de junio de 1946). Militó en las filas de la Real Sociedad y del Real Betis Balompié, siendo ídolo y leyenda de ambas aficiones. Debutó en la Real en un partido contra el Condal, cuando el conjunto donostiarra militaba en Segunda. Consiguió el ascenso con el equipo de su tierra y disputó la titularidad durante unos años con otro gran cancerbero vasco, Zubiarráin, quien terminó fichando por el Atlético de Madrid, dejando expedita la titularidad a Esnaola, apodado Gorriti.

En su momento, llegó a ser el jugador txuri-urdin con más partidos oficiales disputados, con un total de doscientos siete. Terminó siendo fichado por veintinueve millones de pesetas de la época por el Real Betis Balompié. Equipo el verdiblanco con el que alcanzó la gloria el 25 de junio de 1977 en el estadio Vicente Calderón de Madrid, que fue testigo de cómo el sevillanísimo equipo de las trece barras se proclamó campeón de la primera edición de la Copa del Rey.

Para los anales de la historia del fútbol español queda aquella mítica tanda de penaltis. En ella midieron sus fuerzas en el antiguo templo colchonero dos cancerberos de leyenda: el Chopo y Gorriti. Esnaola salió triunfante, parando varios penaltis de aquella serie de veintiún lanzamientos (uno tuvo que ser repetido, tras precisamente haber sido parado por Esnaola). El Real Betis se proclamó campeón de Copa tras detener el meta bético, despojado de sus guantes, el último penalty de aquella tanda al legendario Iríbar, habiendo anotado él el suyo en el turno precedente. El desenlace no pudo ser más lírico y cargado de épica.

Esnaola e Iribar
Maravillosa instantánea en que Esnaola e Iribar se desean mutuamente suerte durante aquella histórica tanda de penaltis. Nótese el detalle: Esnaola despojado de sus guantes, tal y como actuó durante toda la serie de penas máximas. (fuente: marca.com)

Tres guipuzcoanos en la selección

Pero aquí no queda la cosa, pues en los ochenta irrumpen con inusitada fuerza auténticos porterazos vascos nuevamente. Es la década de Peio Artola (Andoáin, 6 de septiembre de 1948), paisano de Esnaola y leyenda del F.C. Barcelona (donde recaló tras dos extraordinarias temporadas en la Real Sociedad). Es en las filas del club culé donde conquistó un trofeo Zamora, amén de diversos títulos.

Tras Artola, y también leyenda del club azulgrana, nos encontramos con Javier Urruticoechea, Urruti (San Sebastián, 17 de febrero de 1954 – Esplugas de Llobregat, 24 de mayo de 2001). Extraordinario portero que fue integrante del once titular que contra todo pronóstico cayó en la final de la Copa de Europa que tuvo lugar en el Sánchez Pizjuán de Sevilla ante el Steaua de Bucarest tras otra histórica -aunque infausta para los culés- tanda de penaltis ante el conjunto rumano.

Urruti
Urruti defendiendo la portería del Barcelona (fuente: lavanguardia)

Artola y Urruti, junto con Arconada, son protagonistas de un hito sin parangón en la historia del fútbol español. Fueron los tres porteros convocados por la selección nacional para la disputa de la Eurocopa de naciones del año 1980. Tres cancerberos de Guipúzcoa en la convocatoria del combinado nacional. Y lo más curioso y anecdótico de todo, formados los tres en el mismo equipo guipuzcoano: el modesto Lengokoak.

Años de sequía

Es tras estos tres cuando aparece Andoni Zubizarreta, uno de los tres grandes. Y tras Zubizarreta, el siempre fértil vergel que había sido el fútbol vasco para la portería pareció secarse durante unos años, pasando por una hasta entonces desconocida crisis de la prolífica cantera vasca de porteros.

Nos tenía tan acostumbrados la cantera vasca a sacar constantemente camadas y camadas de formidables porteros que cuando este inmenso caudal pareció menguar a partir de finales de los noventa, ello resultó una circunstancia de todo punto inédita y extraña. Nunca dejaron de estar presentes los porteros vascos en las metas de los equipos de Primera y Segunda. Pero tras el ocaso de Zubi no terminaba de erigirse ningún portero vasco en nueva figura hegemónica como antaño solían.

Finales de los noventa y principios del siglo XXI: años de crisis. Últimos tiempos, síntomas de un resurgir

El cataclismo que por aquellos años supuso para el fútbol base de todos los países integrantes de la Unión Europa la archiconocida sentencia Bosman a buen seguro tuvo mucho que ver. Ello se hizo notar sobre todo en las porterías de Athletic y Real Sociedad. No terminaban de presenciar la consolidación de ningún nuevo guardameta como líder indiscutible, tal y como había sido norma desde tiempos inmemoriales.

Esta temporal sequía parece haber llegado a su final en la actualidad, en que se vive un resurgir de porteros vascos. Con la aparición de figuras jóvenes y talentosas de cancerberos de los que podemos disfrutar en la actualidad: Aitor Fernández, extraordinario meta del Levante; Remiro, defensor de la portería de una Real Sociedad finalista de Copa; así como el alavés Unai Simón, quien se ha hecho con la vitola de titular indiscutible en el Bocho.

Aitor Fernández
Aitor Fernández, auténtico porterazo que defiende la meta del Levante (fuente: transfermarkt.com)

Y, cómo no, con la figura destacada de Kepa Arrizabalaga, guardameta del Chelsea y en los últimos tiempos titular de la selección española durante el breve periplo como técnico de Robert Moreno. La legendaria portería vasca tiene puestas sus esperanzas de renacimiento y de renovación de la gloria de antaño en el joven pero ya experimentado y genial guardameta de Ondarroa, provincia de Vizcaya.

Kepa
Kepa, presente y futuro en la portería de la selección española (fuente: eldesmarque.com)

Y a buen seguro la fantástica cantera vasca nos tiene reservadas para el futuro de nuestro balompié muchas nuevas y gratas sorpresas.

Mi admiración hacia todos estos legendarios cancerberos vascos que han sido protagonistas de este artículo. Su grandeza me ha facilitado en gran medida la labor de redacción del mismo por su gran desempeño en aquella sagrada labor de defender el infierno de la portería.