Antihéroes

Alguien, algún día, decidió que el gol era la salsa del fútbol. Una reducción absoluta del protagonismo de un juego a una micra de segundo en la se produce el estallido de felicidad de medio mundo. Pero, en esa misma micra de segundo, llega el sinsabor y la tristeza a la otra mitad de la población. En mi pueblo, en mitad de una sierra bien conocida por sus carnes, cuando alguien pide una salsa para acompañarlas suelen contestarle que sólo se la darán si su intención es la de estropear lo que verdaderamente importa: la carne, el fútbol.

Mi idea de relativizar la importancia del gol no entronca con esos amantes del fútbol contemplativo, horizontal y defensivo suyo máximo objetivo es el de defender a través de la posesión. Por eso me aburre el Barcelona de Setién o el Sevilla de Lopetegui. No. La razón de esta relativización conecta con dos jugadas o normas que dan tanta importancia a la consecución del gol que restan en un grado muy alto el mérito de haberlo conseguido.

La primera de esas jugadas sucedió, precisamente, entre dos equipos que no se distinguen por su alto espectáculo en la cancha en las últimas fechas. Han pasado tantos partidos que quizás no la recuerden. Una falta directa lanzada por Leo Messi se dirige a la escuadra, pero, la gran realidad en la que se está convirtiendo Jules Koundé, en una jugada defensiva ensayada, retrocede varios pasos desde la barrera hasta la portería y saca el balón cuando este penetraba en las redes sevillistas. En esa misma jugada, Munir completaba la densa barrera estirándose en el suelo, ocupando un espacio ya buscado en otras ocasiones por el astro argentino.

Jules Koundé salva un gol en una exitosa jugada defensiva del Sevilla FC frente al Barcelona
Koundé salva la ocasión de Messi (Fuente: football-addict.com)

La polémica, que no hubiese tenido mayor recorrido que el de la anécdota en cualquier otro partido, se convirtió en un arduo debate en redes en el que rápidamente se erigieron en inquisidores los sectarios amantes del fútbol del argentino. Dado que el fútbol del Barcelona se está quedando en la patética sombra de lo que fue y que, probablemente por eso (aunque existan otras razones por todos conocidas), ha dejado escapar una Liga que estaba en su mano, desde el núcleo duro de la Ciudad Condal defienden a capa y espada al último adalid de su escuela y todo aquello que le sucede. De este modo describieron la jugada como antifútbol.

Jules Koundé, Munir el Haddadi y el ideólogo de esta brillante idea defensiva, que ya se había visto en otros lares, convertidos en antihéroes por esa masa informe de periodistas de bufanda y opinadores que no han pisado un estadio en sus vidas. El ataque en defensa de la esencia del fútbol, el gol. La idea, prohibir esa defensa de una falta.

Messi es un desafío. Defenderle cuando tiene el balón genera agonías. Encontrar la manera de parar sus faltas necesita lucidez. El trabajo de pensar y ejecutar esa jugada fue manifiestamente acertado. En lugar de aceptar el desafío que le proponen al diez, ¿qué es lo que se le ocurre a sus protectores? Que habría que prohibirlo.

Cuando a mi hijo le pongan una resta (por seguir la metáfora de lo defensivo) difícil, le escribo un whatsapp a su profesor, un email a la delegación de educación y convoco a lo más granado de la prensa especializada y les indico la conveniencia de eliminar la resta en general de las materias matemáticas. Así elimino la dificultad de un plumazo. El exceso de protección del que disfruta Leo Messi, ojo, que no digo que no sea merecido, genera una opinión que roza el ridículo en su entorno. Me agarro a la intuición de que Messi no se siente del todo cómodo con ese exceso de mimo.

La segunda norma afecta al antihéroe en el fútbol por antonomasia. El portero. ¿Qué habrán hecho los Casillas, Buffon o Khan en el pasado para que los porteros de hoy en día sufran tal persecución? La norma de mantener al menos un pie en la línea de gol en los penaltis es la última barrabasada de un sistema que no los considera espectáculo.

La norma aplicada estrictamente dificulta el arduo trabajo del guardameta. El Atlético de Madrid, el principal beneficiado
Ter Stegen, ligeramente adelantado ante el lanzamiento de un penalti (Fuente: as.com)

Ya saben, el beneficio del gol, la esencia, lo más importante. Lo que esta norma encubre, de nuevo, es la eliminación de barreras para que los equipos a los que históricamente le han pitado más penas máximas a su favor, aseguren, aún más, que van a convertir sus oportunidades. Los amantes de los datos, acudan a los registros históricos y comprueben, comprueben…

Si piensan en un solo club, acertarán. Si piensan en dos clubes, acertarán, pero es que, incluso si piensan en los tres clubes a los que más penaltis han pitado a favor, también acertarán. ¿A quién beneficia entonces esta norma?

¿Se imaginan, por un instante, una jugada de gol que provenga de una falta, fuera de juego, córner o saque de banda que se inicie con un desplazamiento desde el lugar real en el que se produjo, digamos, que de medio metro y, por lo tanto, erróneo? ¿Qué debemos hacer? ¿Habrán obtenido una ventaja de ello? Eliminar ciertos automatismos existentes, que apenas generaban polémica, hace daño al fútbol. Ver como un equipo tira penaltis hasta que marca al fin uno es bochornoso. Dejen al fútbol ser fútbol, por favor. Dejen a los guardametas ser guardametas.

Es cierto, el portero es el mayor enemigo que se encuentra el gol. Pero no es el enemigo del fútbol. En el fútbol es el antihéroe, el equilibrio entre la luz y las sombras. Casi nunca es la estrella principal, pero muchas veces es la estrella invitada.

Luis Miguel Arconada, portero histórico de La Real Sociedad y la Selección Española de Fútbol
Luis Miguel Arconada (Fuente: korner.es)

Mis primeros recuerdos se remontan a Arconada o Jean-Marie Pfaff. Ambos recuerdos, Eurocopa del 84 y Mundial 86, negativos para los ojos con los que yo miraba. Pero ambos roles, lo recuerdo perfectamente, eran de los más usados por los niños cuando nos tocaba ejercer la difícil tarea de ser portero y detener aquellas pelotas hechas del papel de plata con el que envolvían nuestros bocadillos.

El último gran recuerdo, aquel que convirtió unos segundos de desasosiego en un alarido de felicidad, nos lo ofreció Iker Casillas ante Robben, esperemos que nunca obliguen a los porteros a permanecer dentro del área pequeña. Quizás no debiera haber dado la idea.

Y ya en clave sevillista, Juan Carlos Unzué, a quien enviamos un admirado abrazo, y la fulgurante figura de Andrés Palop. Este antihéroe fue de los inconformistas. De los que conoció las mieles de marcar pero que siempre prefirió parar. Y, por supuesto, especializado en el arte de los penaltis. Cuando un sevillista veía como nos tiraban un penalti en contra con Palop bajo palos había una seguridad de grupo alejada de lo normal, pero ganada a pulso.

En Sevilla, celebramos las grandes paradas igual que celebramos los goles, posiblemente esto se deba a la herencia que nos dejó este antihéroe, el inolvidable guardameta, Andrés Palop.